Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo. 1 Corintios 15:10
El apóstol Pablo le atribuyó a la gracia de Dios todos sus éxitos. Sabía que cada logro y cada recompensa era el resultado de un favor celestial llamado gracia.
El apóstol Pablo tenía mucho de qué jactarse. Era un judío, hebreo de hebreos, fue miembro de los fariseos, circuncidado al octavo día, educado a los pies de Gamaliel, titular de una ciudadanía romana y, como si fuera poco, políglota, según historiadores.
Él tenía mucho de lo cual sentirse orgulloso; sin embargo, en un acto de humildad sincero, le atribuye a la gracia de Dios la razón de su éxito personal y ministerial.
Me parece que su ejemplo debe inspirarnos. ¿Qué tal si le atribuimos a la gracia de Dios los logros, tesoros y credenciales de vida?
Pecamos cuando en lugar de darle a Dios todo el mérito, nos atribuimos neciamente la razón de aquellos éxitos que nos fueron concedidos.
Reconozcamos que en nuestras fuerzas no podríamos lograr nada. Sin las fuerzas de Dios en nuestra vida estaríamos descalificados, perdidos y confundidos.
La gracia de Dios nos reviste de capacidad, de poder, de fuerza. No es lo brillante que somos, no son nuestras decisiones las que nos llevarán tan lejos como queremos, es la gracia de Dios obrando en nuestras vidas.
Por esa gracia hoy estamos vivos y respiramos. Por ella nos movemos libremente, comemos y nos saciamos, oramos y somos escuchados, nos enfermamos y sanamos.
Cuide su corazón del orgullo necio que lo tentará para que se olvide de Dios.
El diablo es experto en adular a los cristianos para que estos se crean autosuficientes. Su meta es hacernos creer que todo lo que Dios nos ha concedido es fruto de nuestra sabiduría humana. Nada más lejos de la realidad.
Hoy, Dios nos llama a la humildad. A reconocer que, sin su gracia, nuestra vida sería un caos.
Bendita gracia de Dios que nos rescató, interponiéndose entre la justicia recia que debimos recibir en compensación por nuestras rebeliones y que, sin embargo, nos coronó sin merecerlo.
¡Bendecido día!