“Y estuvo el arca de Jehová en casa de Obed-edom geteo tres meses; y bendijo Jehová a Obed-edom y a toda su casa”. 2 Samuel 6:11
Obed-edom es recordado por haber abierto las puertas de su casa para resguardar el arca del pacto, la cual, por orden del rey David, estaba siendo conducida a Jerusalén. Durante el tiempo que el arca permaneció allí, las Escrituras afirman con claridad que el Señor bendijo a Obed-edom y a toda su familia.
El arca del pacto ocupaba un lugar central en la vida espiritual de Israel. No era solo un objeto simbólico, sino el signo visible del pacto de Dios con su pueblo y del lugar donde Él manifestaba de manera especial su presencia. En ella estaban las tablas de la ley, recordando tanto la soberanía de Dios como su iniciativa amorosa al establecer una relación con Israel.
Los estudiosos coinciden en que el arca estaba estrechamente vinculada a la presencia de Dios en medio de su pueblo. Más allá de las interpretaciones teológicas, el texto bíblico nos presenta un hecho incuestionable: la casa de un hombre fue bendecida como resultado de haber honrado aquello que representaba la presencia y el pacto de Dios.
Esta verdad debe motivarnos a una decisión consciente: permitir que Dios gobierne nuestros hogares y nuestras vidas. Sin embargo, dicha bendición no puede entenderse como un simple resultado automático, ni limitarse únicamente a lo material. La bendición de Dios es integral y se manifiesta conforme a su voluntad, en el marco de una relación de reverencia, obediencia y dependencia de Él.
Nada de esto ocurre sin una disposición genuina del corazón. Obed-edom asumió con seriedad la responsabilidad de cuidar el arca del pacto, y su actitud reflejó respeto por las cosas de Dios. Su ejemplo nos invita a reflexionar en unna pregunta: ¿qué estaría dispuesto a hacer Dios en nuestros hogares si nos comprometiéramos a honrar su presencia con la misma reverencia?
Todos cuidamos con esmero aquello que consideramos valioso. No obstante, con frecuencia la presencia de Dios no ocupa el lugar prioritario que debería tener en nuestras decisiones y en nuestra vida diaria.
El principio es claro y antiguo: la verdadera prosperidad de un hogar no descansa únicamente en el esfuerzo humano, sino en priorizar a Dios. Lo hacemos cuando permitimos que Él nos guíe, cuando obedecemos su Palabra y cuando damos mayor peso a sus principios que a nuestras propias opiniones.
Hoy no contamos con un arca como la que recibió Obed-edom, pero Dios sigue habitando en medio de su pueblo. Nos ha dado su Palabra como revelación de su voluntad y su Espíritu Santo como señal de su bendición continua. Una vida y un hogar bajo la bendición de Dios son posibles cuando Él es, verdaderamente, nuestra prioridad.
¡Bendecido día!