No ames el sueño, para que no te empobrezcas; abre tus ojos y te saciarás de pan. Proverbios 20:13
La pereza empobrece; la diligencia enriquece. El ser humano fue creado con la capacidad de ser productivo, ingenioso y creativo.
Dios lo dotó de un mecanismo metabólico capaz de convertir el alimento en energía. De hecho, el hombre puede considerarse el primer prototipo de una “batería” de larga duración.
La capacidad de almacenamiento de energía del cuerpo humano es tal que está documentado científicamente que una persona puede sobrevivir varias semanas sin ingerir alimento y, aun así, conservar condiciones mínimas para razonar, moverse y cumplir funciones básicas.
Sin embargo, con frecuencia cedemos terreno a una idea no bíblica y antinatural conocida como pereza.
No se confunda: la pereza no es lo mismo que el cansancio. Cansarse es natural, normal y necesario. La pereza, en cambio, es una idea, un estado mental. Como puede observar, no son lo mismo.
La pereza tampoco es un espíritu, como algunos creen. Es una actitud que surge de la condición de nuestra mente.
Lo cierto es que la pereza es un claro enemigo del progreso y de la prosperidad. Cuando cedemos a ella, abrimos la puerta al estancamiento.
La pereza produce negligencia, y la negligencia atrae consecuencias negativas.
Amado lector, tenga cuidado de aplazar una y otra vez los asuntos que requieren atención inmediata.
Cuando se escucha la voz de la pereza, desaparecen las ganas de congregarse, orar, leer la Biblia, trabajar o atender responsablemente las obligaciones diarias.
Procure descansar el tiempo que su cuerpo necesita. Los especialistas recomiendan alrededor de ocho horas diarias. Dormir en exceso puede convertirse en un problema serio.
Ahora bien, el sueño no solo puede ser físico, sino también espiritual. Me refiero al letargo: esa actitud pasiva, cómoda y conformista; es decir, la inactividad.
Nada nuevo ocurrirá si no hay un cambio de actitud. Será necesario esforzarse y, en ocasiones, trabajar con gran empeño para alcanzar metas y objetivos. Hágalo. Atrévase a correr el riesgo de ganar.
¡Bendecido día!