“Entonces oró Jonás a Jehová su Dios desde el vientre del pez, y dijo: Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó” (Jonás 2:1,2)
Al leer la historia de Jonás, vemos que éste era profeta que huía de Dios en un barco, allí había dormido, había hablado con los marineros, pero sólo hasta ahora vemos que ora. Obviamente no había orado porque huía de su presencia. A veces el creyente no ora, porque huye de Dios, pues sabe que el Señor le recordará cuál es su voluntad.
En cualquier sitio que nos imaginemos, podemos orar, pero nadie lo haría en el vientre de un gran pez. Este fue el escenario que le tocó a Jonás por desobedecer a Dios, el profeta había emprendido su propio camino a Tarsis, contrario al mandato de Dios que era llevar el mensaje a Ninive y terminó dentro del pez que Jehová tenía preparado para que lo tragase.
Muchas veces nosotros, teniendo la oportunidad de orar en un ambiente diferente, terminamos orando desde la crisis o el dolor.
Ahora Jonás invoca a Dios en medio de la angustia. La verdad es que muchas veces, sólo volvemos a la oración cuando la angustia, la crisis o la dificultad llega a nosotros.
“y él me oyó”, ésa es la esperanza que alimenta nuestra fe, saber que, en la iglesia, en la calle, yendo o huyendo, podemos elevar nuestra oración sincera desde un corazón que alza sus ojos al cielo y que se vuelve a Dios y será oído por el Señor.
“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Sal 51:17)