“Yo soy de mi amado, y mi amado es mío…” (Cantares 6:3)
El rey Salomón, en el libro Cantar de los Cantares habla de una unión profunda de amor, entrega y seguridad entre dos personas que les permite saber que una persona le pertenece a la otra de forma libre y feliz.
Nosotros podemos decir que le pertenecemos a Cristo, desde el mismo instante en que lo aceptamos en nuestro corazón como Señor y Salvador. Fuimos comprados por precio de sangre, el precio que pagó por nuestra vida es de incalculable valor, lo pagó para liberarnos de la esclavitud del pecado y del dominio de Satanás. La sangre de Cristo fue el precio de su gran amor. Al pagar ese precio nos hizo suyos totalmente. Ahora Él es nuestro Señor y dueño. Todo nuestro ser le pertenece solo a Él, no tenemos derecho de hacer lo que nos plazca, aunque pensemos que tenemos libertad.
El Espíritu Santo mora en nosotros desde el momento que decidimos entregar nuestra vida a Cristo. Por lo tanto, ahora le pertenecemos a Él. Nuestro cuerpo se considera como templo del Espíritu Santo. Por eso debemos cuidarlo y nuestra meta es alcanzar pureza y santidad de alma, cuerpo y espíritu guardándonos irreprensibles para Cristo. El cuerpo es para el Señor; debe ser instrumento de justicia para santidad, por tanto, no debe ser instrumento de pecado. Nuestro castigo fue quitado, pero se nos impone una nueva obligación, la de la obediencia. Glorificando a Dios con nuestro cuerpo y con nuestro espíritu, los cuales son suyos.
“¿Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co 6:20)
Bendecido día.