“Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” (2 Tim 3:14-17)
La mayoría de las cartas del Nuevo Testamento, toman las verdades profundas de la fe y hacen de ellas una aplicación a la vida diaria. Dios no nos dejó su Palabra, para información sino para nuestra transformación. Conocer y no practicar equivale a “No Conocer”. Quizás estamos haciendo más énfasis en el contenido que en la aplicación. Podemos llenarnos de conocimiento espiritual, pero si no lo aplicamos no alcanzaremos un cambio real en nuestras vidas.
La pregunta que muchos deben considerar hoy es ¿Estoy leyendo la Biblia como un ejercicio intelectual o estoy permitiendo que esa Verdad toque mi mente y corazón? Sólo así podrá el conocimiento volverse una vivencia personal.
Dios nos da su conocimiento para que lo obedezcamos. En 2 Timoteo, Pablo muestra los propósitos por los cuales las Escrituras fueron dadas por Dios. Le aconseja permanecer fiel a toda la enseñanza que ha recibido. Timoteo conoció las Escrituras desde temprana edad, fue su mamá y su abuela las que lo instruyeron en la ley de Dios.
La Palabra de Dios en primer lugar da sabiduría para la salvación, también es útil para enseñar, Podemos decir entonces, que el cristianismo está fundamentado sobre una Persona viva y no un libro más. La lectura de la Biblia es útil para la corrección, prepara a las personas para ser íntegras, hasta equiparlas completamente para toda buena obra. Esta es la conclusión esencial. El cristiano debe estudiar las Escrituras para hacerse útil a Dios y al prójimo.
La Palabra de Dios nos hace completos, perfectos y preparados para toda buena obra.
Bendecido día