Base bíblica: 1 Juan 2:15-17.
Introducción: ¿Existen los amores tóxicos? Sí, existen. Es más, abundan. Se considera como un amor tóxico, a todo afecto que destruye nuestra vida espiritual y que desplaza nuestra más importante relación: nuestro amor por Dios.
Durante el transcurrir de la vida, desarrollamos diversos y múltiples afectos. De todos esos posibles afectos (también llamados atracciones fatales) la Biblia nos alerta sobre los más peligrosos: el placer físico, deseo insaciable por lo que vemos; y el orgullo.
Si usted desea gozar de una vida de continuo crecimiento en el Señor, es necesario que evalúe muy bien la medida de sus afectos. ¿Qué cosas está amando? Aun, más importante ¿hacia dónde está dirigiendo sus afectos? Considere tres amores tóxicos y reflexione:
- Amor al placer.
Quién ame el placer por encima de los mandamientos de Dios, irremediablemente se condenará a la destrucción. El placer físico genera una compleja y dañina adicción. El apóstol Juan, se refería exactamente a los placeres de la carne y a esa larga lista de vicios que momentáneamente ofrecen satisfacción, pero que luego, nos despojan de toda esperanza y nos conducen a un abismo de tristeza y soledad.
Dios desea que tengamos placer. Por eso, se hace necesario diferenciar entre los placeres que provienen de Dios, y los placeres que provienen del mundo. El placer de ayudar, de amar, viajar, y disfrutar la pareja y familia que Dios nos ha dado, es una completa bendición. Pero el placer que proviene del mundo, normalmente asociado con el placer sexual, el chisme o incluso, el uso de drogas, suelen sumergirnos en la peor miseria de todas: la miseria del alma. La promesa de Dios es que Cristo puede hacernos completamente libres (Juan 8:32).
2. Amor a las posesiones.
Pasamos gran parte de nuestra vida tratando de conseguir riquezas, para luego pasar el resto de ella buscando recuperar la calidad de vida que perdimos. Aunque las posesiones son necesarias, amarlas y/o envidiarlas, resulta ser un gran pecado. Para nadie es un secreto que las riquezas son como hojas secas, al paso del viento se dispersan. Para el apóstol Juan, el amar las riquezas se constituye en un completo despropósito que destruye vidas. Los cristianos debemos tener una visión correcta de las posesiones. No vivimos para las posesiones, las posesiones existen para nosotros.
La diferencia entre un hombre de Dios y un hombre del mundo, es que, el primero reconoce que lo que tiene es por causa de la bendición de Dios; en cambio el segundo, vive engañado pensando que sus posesiones son la fuente de su seguridad. Amar las posesiones más que a Dios es un acto de idolatría. Es más, las posesiones no se aman, simplemente se administran. Nada ni nadie debe ser más importante en el corazón de un fiel discípulo de Jesús, que Aquel que le da el poder para hacer riquezas (Deuteronomio 8:18).
3. Amor a la fama.
En ocasiones nos jactamos de quién somos y de lo mucho que podemos saber. En otras ocasiones nos enorgullecemos por causa de las cosas que hemos conseguido en la vida. De cualquier manera, una de las más grandes tentaciones del hombre es el de obtener el respeto, la admiración y el reconocimiento de otros. Es así como erróneamente, llegamos a considerarnos mejores o superiores a los demás.
Cualquiera pensaría que los únicos que enfrentan esta tentación son los artistas famosos o los millonarios, pero la realidad es que, en grandes o pequeñas proporciones, todos nos encontramos en realidades que tientan nuestros corazones con el destructivo apetito de la vanidad. Para el apóstol Juan, la vanidad de la vida está relacionada con el simple pero trascendental hecho, de considerarnos superiores a los demás. La vanidad, además, se revela cuando le damos demasiado interés a aquello que no lo tiene. Hoy por hoy, las redes sociales se han convertido en un serio peligro para sus usuarios, pues han convertido las cosas insignificantes (como la moda o el estilo) en una necesidad vital de las personas.
Conclusión
Es necesario cuidar nuestros corazones de estos tres tipos de amores tóxicos. El deseo de Dios es que lo amamos a Él sobre todas las cosas. Nuestro caminar con Dios es un transitar continuo hacia el amor pleno. Dicho amor es aquel que le da al Señor el lugar más importante.