Base bíblica: 1 Corintios 9:24-27
Introducción:
Los atletas, con frecuencia, suelen darnos lecciones importantes acerca de la disciplina, el esfuerzo y el cuidado del cuerpo. Sin duda, un atleta es el rostro visible de un estilo de vida que todos quisiéramos tener, pero que en la realidad, no resulta tan fácil igualar.
La vida espiritual se puede entender mejor cuando observamos el estilo de vida de un atleta consagrado al deporte. De hecho, hay muchos principios que comparten entre sí, por ejemplo, la disciplina. Un atleta está en la obligación de establecer hábitos constantes para mantenerse en forma.
Lo mismo ocurre con la vida de un cristiano. Si su deseo es consagrarse al Señor, entonces se hace necesario comprometerse con un estilo de vida riguroso y constante. Consideremos tres consejos importantes:
1. Establezca metas.
La vida sin metas es “un juego de azar”. El relato de la Creación (Gén. 1) muestra a Dios en una labor diaria que tenía un inicio y un final. Al terminar, Dios veía lo que había hecho y se regocijaba por haber cumplido lo que se había propuesto crear. Si Dios trabaja de acuerdo a las metas que el mismo establece, ¿qué le impide a usted hacer lo mismo? Si usted observa un atleta, se dará cuenta que siempre persigue una meta; sea de tiempo, de altura, de profundidad o velocidad, él siempre se esfuerza por llegar a ella. ¿Tiene usted metas claras?
Las metas nos ayudan a mantenernos enfocados y a dirigir nuestro esfuerzo hacia aquello que en realidad vale la pena. La gente que no tiene una meta es fácilmente influenciada y constantemente experimenta una sensación de pérdida de sentido. El apóstol Pablo tuvo claro que su vida debía estar enfocada en el servicio a Dios, en ser semejante a Jesús, por tanto, nada pudo captar su atención o robarle su energía. El dijo: Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire. 1 Corintios 9:26. En otras palabras, el estaba diciendo: lo que hago, lo hago con un fin, sé lo que estoy haciendo, sé a dónde voy.
2. Mejore sus hábitos.
Hay hábitos silencios pero altamente destructivos. Perder el tiempo, chismear, juzgar, dormir más de lo necesario o hacer del celular un refugio, son tan solo algunos de ellos. Alguien dijo: de nada nos sirve ser sabios, sino aprendemos a ser disciplinados. La disciplina en este contexto se refiere al arduo esfuerzo por mantener el nivel exigido. El éxito de un atleta es tá en la depuración de los malos hábito y en la adopción de hábitos que le permitan ser mejor.
Pablo afirmó: ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. 1 Corintios 9:24. Contrario a lo que las personas suelen creer, la diferencia entre los ganan o pierden una competencia no está en la suerte, claramente está en los hábitos que acompañan su estilo de vida. Si usted sueña con el éxito, ocúpese de rechazar las tentaciones y jamás establezca un trato con el pecado. Usted puede ser mejor, pero es necesario que adopte los hábitos correctos: congréguese, lea la Biblia y ore. Le aseguro que estos sencillos pero poderosos hábitos, lo mantendrán como un cristiano fortalecido.
La carta a los hebreos dice: Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12:1. El pecado es una gran carga que limita nuestra visión, el intelecto y el ánimo para hacer las cosas. Considere que le está impidiendo avanzar. Puede ser una vieja y destructiva costumbre, una relación tóxica, o por qué no, el orgullo o la soberbia.
Conclusión: Conviértase en un verdadero atleta espiritual. Comience por establecer metas con respecto a su futuro. Evalúe sus hábitos y deseche los que pueden estorbar su crecimiento espiritual. Finalmente, deshágase de las cargas que limitan su progreso espiritual.