“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.” (1 Co 6:20)
¿Cuántas veces has estado cerca de alguien que ha perdido a un ser querido muy cercano y te identificas con él porque pasaste por una situación similar? Es más fácil comprender y consolar a alguien si ya hemos pasado por algo semejante.
Se cuenta que cierto día, un niño pasó frente a una tienda de animales y vio un anuncio que decía “venta de cachorros”. Allí pudo ver varios cachorritos y preguntó su precio. Cuestan tanto le respondió el encargado. De pronto vio a un cachorrito asustado moviendo su colita y el niño dijo: me gusta ese y quiero llevarlo ¿Ese? Dijo el empleado, ese no se vende porque nació cojo de una pata, a nadie le interesa. A mí si me interesa dijo el niño, De acuerdo, llévatelo y no pagas nada por él, está defectuoso. ¡No! Yo te pagaré porque vale tanto como los demás. Al salir de la tienda el empleado pudo ver que este niño también cojeaba de una pierna.
Jesús tomó el lugar que nos correspondía en la cruz
“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Is 53:4,5)
Jesús soportó nuestro dolor
“quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pd 2:24)
Amigo, Jesús es el único que nos comprende y que nos ha amado lo suficiente para llevar sobre si todas nuestras dolencias y pecados.
El sufrió y padeció por cada uno de nosotros, Él derramó hasta la última gota de su preciosa sangre para librarnos del castigo eterno.

