“Pacientemente esperé a Jehová, Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, Y confiarán en Jehová.” (Salmos 40:1-3)
El Salmo 40 atribuido al rey David, es un poderoso poema de alabanza, gratitud y confianza; dividido en dos partes: acción de gracias por la liberación divina tras una angustiosa espera (v.1-10) y una súplica urgente ante nuevas dificultades (v.11-17)
El salmista estaba en una situación sin salida, necesitaba la ayuda de Dios, descansó en el poder de Dios, fue liberado y su fe fortalecida. Pensemos cuántas veces hemos pasado por situaciones semejantes, caminos que parecen no tener salida y nos desvelamos buscando una respuesta. En esos momentos es cuando más debemos orar, es el momento para refugiarnos en las promesas de Dios y aprender a clamar, a confiar y a esperar pacientemente a que Dios nos rescate.
"Pacientemente esperé a Jehová". El salmista describe haber estado en un "pozo de la desesperación" y un "lodo cenagoso" (símbolos de angustia y gran necesidad). Dios responde inclinándose para escucharlo, sacándolo y afirmando sus pasos sobre una roca y poniendo en su boca un "cántico nuevo" de alabanza.
“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado" El salmista comprende que Dios no desea sacrificios externos si no van acompañados de un corazón dispuesto. David testifica de la fidelidad y justicia de Dios ante todos, pero rápidamente cambia a una oración de auxilio al sentirse rodeado de problemas y enemigos.
Amigos, recordemos de dónde nos rescató Dios, Él nos salvó de la muerte eterna, nos tomó en sus brazos y afirmó nuestros pies en la Roca de Salvación que es Cristo. Su fidelidad y misericordia son nuevas cada día.
"Aunque yo esté afligido y necesitado, el Señor pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes.” (Sal 40:17)

