“Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.” (Salmo 27:4)
Muchos anhelan una relación íntima con Dios, tenerlo presente en sus estudios, en el trabajo, en el hogar, en la iglesia, es decir verlo presente en todo. Y lo queremos así de cerca, porque creemos que su voluntad buena, agradable y perfecta nos hace bien a nosotros y a los demás.
Pensemos en algo que hacemos todos los días y que puede ser beneficioso, como por ejemplo usar algún producto de belleza o llenar una alcancía o hacer ejercicio. Lo hacemos, porque sabemos que trae un beneficio y de alguna manera hay una motivación que lleva a vencer todo obstáculo como por ejemplo la pereza. Persistimos, porque ese hábito nos permite cumplir un objetivo.
Que ocurre a menudo, el producto de belleza no funciona si solo lo usan los domingos; la alcancía no servirá de mucho si solo depositan monedas de poco valor, el ejercicio no ayudará a la salud, si solo lo practican de “Mes” en cuando. Ahora, una persona no podrá experimentar de forma real y continua la Presencia de Dios en su vida, si no se dispone a hacerlo. Esto requiere tiempo y constancia, conocimiento de su Palabra, la oración, aplicar las enseñanzas, obedecer a Dios, congregarnos frecuentemente y anhelar su compañía todos los días.
Sigamos el ejemplo del salmista, que ora por tener una comunión constante con Dios, él desea habitar en la casa de su Padre. No una estadía temporal como viajero que se queda una noche, sino que desea estar allí todos los días de su vida, como hijo de su Padre.
Considere estas preguntas:
¿Cuánto anhela su presencia?
¿Qué hará hoy para llenarse de ella?
Bendecido día.

