“Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.” (Lucas 15:1)
Este capítulo es conocido como “el Evangelio dentro del Evangelio”. Esta parábola surge en una situación determinada. Los fariseos y escribas estaban escandalizados, porque Jesús compartía con hombres y mujeres pecadores. Para estos religiosos, todos los que no cumplían la Ley, se colocaban en la misma categoría y les llamaban “la gente de la tierra”. Esto levantaba una barrera entre ellos a tal punto que era prohibido cualquier trato con ellos.
Para los fariseos era un escándalo que Jesús se relacionara con estas personas, con los que ellos consideraban pecadores, el solo contacto ya contaminaba. Por eso, al oír la parábola de la oveja perdida, de la alegría del pastor cuando la encuentra y la frase “Hay gozo en el cielo por cada pecador que se arrepiente”, les era inaceptable. Solo deseaban ver su condenación y no la salvación de los pecadores.
Pastorear ovejas en ese territorio, era un trabajo duro y peligroso, la tierra estaba rodeada de precipicios que ponían en riesgo a los animales. Esto es semejanza del sacrificio de Cristo que su vida dio por las ovejas.
Los pastores de Judea eran expertos en seguir las huellas de sus ovejas y parte de su trabajo era arriesgar su vida para rescatarlas. Cuando lograban un rescate, subían a la oveja en sus hombros y toda la comunidad donde vivían se alegraban por ello. Esta escena se repite a diario, cuando un pecador arrepentido llega a los pies de Cristo. Hay gozo en el cielo. Esto nos muestra que tenemos un Dios misericordioso.
Recordemos que antes de que creyéramos, nuestro bendito Dios nos buscó y su amor sigue buscando a los perdidos. Él se sigue gozando con cada pecador que se arrepiente.
“Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.” (Lc 15:7)
Bendecido día.

