Base Bíblica: Salmo 22:3-15
Introducción Estos cortos versículos son relevantes para nosotros hoy. Y lo son porque fueron el resulta- do de una profunda y sincera oración del rey David al sentirse rodeado por sus enemigos y abandonado por Dios. Seguramente te ha sentido igual. ¿Rodeado o acordonado de quienes o de qué? Bueno, de personas que te juzgan sin razón alguna, o que aun cuando la tienen, te juzgan sin misericordia. Encerrado por los resulta- dos de tus malas decisiones nancieras que provocaron que ahora te cobren con dureza. Acordonado por nuevos desafíos que no sabes cómo enfrentar. En n, son tantas cosas las que pueden generar un sentimiento igual o parecido al del rey de David. ¿Qué hacer?
1. Espera ¡Por favor! Quien quiere esperar cuando lo que quiere es ver pronto la mano de Dios. Parece contradictorio, pero el tiempo de espera es justo el tiempo que Dios requiere para diseñar la bendición que vendrá a tu vida. En el reino de Dios no hay tiempo que sobre o que falte, tal cosa no existe, todo está perfectamente diseñado. El tiempo que considera- mos perdido simplemente porque “no vemos obrar a Dios”, en realidad es nuestra escuela de preparación para recibir el milagro que tanto anhelamos. David sabía que sus padres (sus antepasados: Abraham, Isaac y Jacob) se convirtieron en titanes no por sus habilidades o sabiduría, sino por su capacidad de esperar. Dice la biblia que Abraham: “creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho”. Romanos 4:18. Considérate afortunado, porque aunque pase el tiempo y no veas lo que anhelas, tienes una promesa de Dios y nada puede contra eso.
2. Clama Tú y yo sabemos que hay personas que esperan pero se olvidan de orar. Ambas cosas van de la mano. Es la oración la que nos convierte en personas pacientes, aquellos que no oran mien- tras esperan, se arriesgan a perder la calma y así, a salir del propósito de Dios. David dice que sus padres esperaron y fueron librados, pero también dice que clamaron y fueron salvados. El clamor constante calibra tu corazón, a na tus emociones y alinea tus pensamientos con el perfecto plan de Dios. Recuerdas como salió el pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Te ayudaré a recordar: ellos estaban cansados de la explotación y del mal trato por parte de los egipcios. Pero sabes, nada ocurrió antes de que ellos clamaran a Dios. “Dijo luego Jehová: Bien he visto la a icción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exac- tores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que uye leche y miel”.
3. Confía Este tipo de con anza es más que una simple expectativa por lo que Dios puede hacer. Esta con anza es “abandono”. Sí, es abandonarse en los brazos de Jesús y entregar tus derechos reconociendo que solo en Sus manos estarás seguro. Hay un enemigo histórico de la con an- za. No es satanás, tampoco lo es la incredulidad. Ese enemigo es la vergüenza. Puede que aquello que te detiene a con ar en Dios sea el temor a que otros se burlen de ti. El rey David sabía esto. Por eso miró hacia el pasado y recordó que todos aquellos que habían puesto su con anza en Dios, jamás fueron avergonzados. Fue su forma de hallar consuelo y aliento para mantener fresca su con anza en Dios. Ahora bien, la con anza es probada, y el hecho de que con emos en Dios no signi ca que no atravesemos algunos tramos difíciles; pero ciertamente la con anza en Dios es una garantía de que los resultados vendrán siempre con una gran bendición para nosotros.
Conclusión Dios tiene maravilloso plan contigo y tu familia, y aunque hoy no veas las señales que quisie- ras ver o te sientas encerrado o rodeado por situaciones o personas que te oprimen, espera en Dios, clama y confía; su gloriosa respuesta viene en camino.


